sábado, 16 de abril de 2016

Historia Suelta (Martín)

UNO

Martín es una personalidad que sufre de un severo trastorno de personas múltiples. Sí. Leyó bien, no dude de ello. Aunque parezca insólito, él hoy puede ser Ricardo (Un burguesito pelirrojo que le gusta jugar fútbol los fines de semana); como al despertarse pasado mañana, ser Pablo (El introspectivo pervertido violador de gallinas); o Amado (un apacible y cálido señor, gordito, abuelo de cinco niños). De repente, a final del día, puede que se convierta en Mario (El muchachito entusiasmado que siempre anda en una bicicleta vendiendo huevos criollos, por el vecindario); rara vez, Ramona (Teórica matemática, jubilada y hostil, que grita maldiciones a todo el mundo); o el ya casi extinto, Antonio (Un sordomudo autista que le gusta pintar océanos con los dedos).

Ángela, que ya no usa jeans porque se siente gordita, es la despampanante trigueña novia de Ricardo, hija de los dueños de la TV Satelital REDSATE™. Quiere que el pobre deje de sufrir de esos ataques que le dan a veces y que sea siempre como ella lo conoce. Por eso, hoy lo llevará a un hospital especializado en trastornos psiquiátricos. Martín, que ama a su Ángela, asistirá pensando que van a vacunarse contra los embarazos no deseados.

Al llegar, la doctora Beatriz los recibe y los lleva hasta una sala grande y acolchada. Les dice “Siéntense, por favor” y ellos se sientan en un mueble cómodo dispuesto para que la gente descanse. “Ya regreso. Espérenme acá. Pónganse cómodos”. Ambos se toman de la mano y se dan gestos de amor. La doctora sale y va hasta el depósito de vacunas contra los trastornos de personalidades múltiples. Busca uno particular, que al parecer se acabó. La doctora Beatriz llama a Francisco, el encargado de los depósitos del arsenal psiquiátrico, y le dice “Francisquito, necesito que vayas a la oficina central de la avenida Los Encuentros y me busques una caja de Zwzetran®. Tengo un paciente acá en espera. Apresúrate, mi vida.

La oficina central de la avenida queda al lado de una heladería. Al salir de regreso, listo con el encargo en una mano y las llaves de la moto del hospital en la otra, Francisco se consigue al sr. Amado, que iba caminando por la acera con tres de sus cinco nietos: Sebastian, Daniel y Malenita. “¡Sr. Amado!”, saluda Francisco, y Martín le responde “¡Francisco! ¡Eh! ¿Cómo estás muchachón?; pero mírate nada más: todo un hombre” y le da un gran abrazo. Hablan poco tiempo; se preguntan mutuamente sobre sus familias y los conocidos. Al despedirse, Francisco estaba tan emocionado por el encuentro que por poco no ve al muchachito en la bicicleta que cruzó como una flecha endemoniada, que casi le parte un cartón de huevos en la cara, y que le gritaba, desvergonzado “¡Fijaaate pendejo, que voooy!”. Francisco, recogiendo el paquete de  Zwzetran® que se le había caído de la sorpresa, miraba estupefacto al muchachito grosero. Martín, que les compraba helados a sus nietos, nunca vio nada de aquello.

En el hospital, dentro de la sala grande y acolchada, el teléfono de Ángela comienza a sonar. Suelta dulcemente la mano de Ricardo y se aleja hacia la ventana para contestar la llamada: “Dime. Sí. Acá estamos. No. Ajá. Claro, me imagino. Descansa”. Afuera, en el cielo que se puede ver desde allí, el sol resplandece dorado detrás de las nubes y la luna llena, excéntrica, del otro lado del firmamento, brilla plateada entre el azul profundo del aire. “¿Quién era, mi amor?”, le pregunta Ricardo a Ángela, que se quedó perpleja viendo por la ventana después de colgar. “Ah, era Leticia, que tenía unas dudas sobre los colores que quería para las flores del jardín. Mira esa belleza de cielo”… ¡Claro que no era ninguna Leticia preguntando nada sobre flores! Sino Ramona, la tía solterona de Ángela, amargada y entrometida, como siempre. Sí. Martín, recién enterado de la noticia de que iban a curar a Ricardo de su trastorno y poseído por uno de sus arranque de ira, llamaba a Ángela para decirle lo patéticos que le parecían ella y su novio, y que no iba a querer jamás a esos futuros sobrinos estúpidos, hijos de ese retrasado mental.

Al entrar, la doctora Beatriz los consigue dándose un beso en los labios, frente a la ventana del salón. Amena, simpática, con esta facultad que tienen algunos doctores para disimular las cosas incómodas y dolorosas, les muestra las ampollas de Zwzetran® agitándolas en el aire con la mano, listas para suministrarse por vía medular en la columna vertebral de Ricardo.

Al fondo, cerca del quirófano, en uno de los pasillos del hospital especializado en trastornos psiquiátricos, un interno vestido de azul pinta un cuadro marino con los dedos y absorto en su propio pensamiento, mira por la ventana aquel sol y aquella luna de esa tarde maravillosa. Ricardo, Ángela y la doctora Beatriz salen del salón, dirigiéndose al quirófano. Antonio y Ricardo se miran tácitamente. Martín le muestra los dedos llenos de pintura, con una sonrisota de felicidad en su cara de treinta y dos, al otro Martín que lo mira con condescendencia y casi con lástima, sin mucho afán, deseando tener jamás algún parentesco con alguien así en su vida, mientras camina por el pasillo, de la mano de su futura esposa, listo para vacunarse contra los embarazos no deseados.

“¡A follar!”.

DOS

Han pasado 2 años. Ángela y Ricardo tienen una foto familiar donde salen con tres hermosos hijos: Ana, la niña de año y medio con ojos miel y cabellos dorados que sostiene un globo azul, de helio; Ádan, el morochito con Ana, de rizos de bronce y ojos grises, que se muerde la mano izquierda, mientras sonríe; y Fabio, un bebé de once meses, un querubín sonriente y tranquilo, con una chupa en su boca, sentado en los brazos de su madre insólitamente preñada, de mirada cansada y feliz; al lado de su marido que sonríe y que, con el pelo más canoso que rojo, los abraza como si estuvieran en una portada de revista. La foto tiene un fondo marino. Está enmarcada en portarretrato de plata italiana, sobre una repisa, en una sala burguesa.

Mientras tanto, en la misa de domingo que organizó la esposa de Ricardo, el padre Pío a duras penas rezongaba los nombres de los fallecidos a los cuales esta misa les dedicaba. Antonia, la madre de Ángela, lloraba desconsolada en brazos de Tomás -su esposo- al escuchar: la tía Ramona fue la primera en la lista. A la que siguió el sr. Amado, en vida respetable ciudadano y abuelo de cinco nietos, ambos fallecidos hace dos años de un horrible paro cardíaco espontáneo, casualmente el mismo día que curaron a Ricardo. Y así, así, hasta que nombraron a un tal Mario Pérez, pero nadie recordaba el nombre del muchachito de la bicicleta que vendía huevos criollos por ahí, que quedó como un perro muerto en la calle hasta tres horas después que llegó la ambulancia a recoger su cadáver, y nadie lo lloraba tampoco, porque su única abuela, la que limpiaba en la casa de la doctora Beatriz, se murió hace dos meses y hasta su nombre salió en la lista protocolar de los fallecidos cristianos, en esa misa dominical de una mañana de abril; y a ella, tampoco nadie la lloró. Al finalizar, todos dijeron amén y se fueron amenamente a comer a un restaurante de mariscos, porque era semana santa.

Hace un año fue que consiguieron los restos de Pablo, disecado en un rancho de bahareque escondido entre la maleza, todo podrido, lleno de culebras y gallinas moribundas (varias de ellas eran ya puro esqueleto) en un caserío de las afueras. Aún se desconocen las causas y fecha exacta de su muerte. La gente de la zona sigue recordando a Martín como un criminal sádico y “que bueno que se murió el muy enfermo”. Antonio, por su parte, ahora está en la facultad de medicina; su cuerpo es un modelo de anatomía en un salón: está sin piel y tiene ojos de vidrio.

Ricardo ni se enteró de nada, ni los extrañó a ninguno porque para él, ninguno existía. Se curó. Vivió sin pena ni gloria su vida burguesa junto a su mujer. Juntos, le dejaron al mundo 6 hijos, antes de que él muriera en un accidente automovilístico una noche de Navidad, cuando salía de jugar fútbol con sus amigos, en el club.

Y bueno pues, ya Martín no existe. Pero de eso, apenas uno se da cuenta.

martes, 29 de marzo de 2016

Historia Suelta (Tomás)

Desde el mismo día en que nació, a Tomás le dieron cinco frasquitos, cada uno con una especie de esencia –por así decirlo– resguardada en su interior. Le dijeron: Tomás, acá tienes los amores de toda tu vida ¡Que va a ser larga, hombre! Así que adminístralos bien ¿Vale? Solo abres uno y listo, ya está: todo bello.

Así fue: Tomás tenía encanto. No cabe duda de que su vida fue la de un hombre afortunado; pero, los hombres se corrompen fácilmente. En una noche de su juventud –días antes de que se le acabara su último frasquito, luego de que pasaran años en intentos fallidos– pudo al fin conseguir un genérico de la esencia ésta, que aunque no esté ni cerca de ser un perfume, poseía propiedades idénticas a la de los óleos y los aromas. Cosa de locos, no cabe duda. Tomás, junto con todo su carisma, logró convencer a un amigo químico y ¡Eureka! Amor ilimitado en botellitas desechables –con efectos secundarios que nadie pudo notar en aquel entonces– listas para ser vendidas como droga ilegal.

Hicieron millones con eso. La gente se volvía loca: ¿Amor en frasco a una tapita de distancia de la plena felicidad? A ver… Dame dos. Dame cinco. Ochocientos millones de frasquitos, por favor. Hasta sacaron una línea de lapiceros que hacían que la gente escribiera poesía. Hubo un tiempo en que las personas ya no leían, sino que escribían. Los libros comenzaron a salir con páginas en blanco para que la gente los llenara. Nadie los volvía a leer después de escritos. Desaparecieron las publicaciones; la gente se escribía sus propios libros, imagínate tú. Desastre. Todos los adictos al amor vivían como cautivados en un sueño, andaban por ahí, besándose y follando plenamente con sus múltiples almas gemelas. Faltaban al trabajo, a la universidad, a sus casas; la gente estaba alocada.

Todo se salió de control, obviamente. Hubo tanto amor por un lado del mundo, que por el otro brotó la miseria y el odio. Hicieron la guerra y murió una cantidad inmensa de gente, espantoso, pero nadie lo notó ¿Por qué? La gente vivía enamorada, como podrás figurarte. Vino la guerra y luego la lluvia amarilla. Fin. Bastó para que la gente no se volviera a enamorar jamás. Los rusos, dicen algunos, pero hasta ahora no se sabe con certeza quienes habían lanzado la bomba que nadie recuerda.

La cosa es que Tomás, en su larga vida, jamás imaginó el desastre en que iba a resultar el lucro de sus ideas suspicaces. Para aquel entonces ya no habían abejas. Aun así, a la gente no le faltó la miel mientras duró el negocio.


Ahora, en una era más avanzada en donde la gente no se enamora y las abejas son robots, uno puede notar ciertas cosas, y estas cosas terminan por generarle a uno una especie de nostalgia: como el cariño. O los libros, por ejemplo. Dicen que antes, la gente escribía historias de personas y cosas que pasaban; sentimientos y sensaciones que ya ninguna palabra conocida pueda evocar. Eran cuentos sin sentido de significados dudosos. Gente que nunca existió, como Tomás, aunque la historia lo reconozca. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Historia Suelta (José)


A Camilloctavio y Rómolo.


Creo que ese día era sábado. Estábamos en el patio de la casa de mis nonnos. Yo aprendía manejar bicicleta a los coñazos. Mi papá, sentado leyendo el periódico en el garage, cada vez que me veía caer se reía y me decía: Bueno pues, ¡Párate y sigue! Yo, un poco frustrado y molesto por su actitud –porque él estaba más ocupado leyendo ahí sentado como un sultán, que viéndome mientras lo hacía– me levanto y sigo en mi intento por mantener la bicicleta andando. Me caí unas ocho veces más y fue cuando logré mantener el equilibro, que le grité: ¡MIRA! ¡MIRA! ¡YA NO ME CAIGO! mientras hacía círculos pedaleando por todo el garaje, orgulloso y feliz. Él, tranquilamente bajó su periódico y me miró: jamás olvidaré su expresión de satisfacción: él confiaba; ya sabía que lo iba a lograr. 

Recuerdo también que mi nonno manejaba su carro a 20 Km/hr. cuidando de que no me pasara nada mientras andaba en la bicicleta, acompañándolo a comprar el periódico en un kiosco de las afueras, como siempre lo hicimos todos los domingos que compartimos en mi infancia. Él me hacía de escolta en el recorrido de ida y vuelta a la casa, sin quitarme su mirada de ojos azul grisáceo de encima, mientras yo pedaleaba cada vez más fuerte; cada vez más rápido, sin las rueditas traseras de apoyo a los costados de la bicicleta. 

En la casa, mi nonna nos esperaba atenta: yo, como si de una misión especial se tratase, le entregaba el librito de pasatiempos y juegos de palabras que siempre mandaba a comprar en el kiosco con nosotros todos los domingos: ella hacía los crucigramas; yo, las sopas de letras y los dibujitos; mi nonno –como todos los domingos en la tarde– luego del almuerzo, desaparecía, porque es un mago; y los magos desaparecen.

Por su parte, mi papá siempre miraba el fútbol y me decía con cariño, papá. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Historia Suelta (Elena)

Elena es una bruja: ella lee los ojos y las manos; y de vez en cuando, estafa a cierta gente.

Una vez, en su cubículo del mercadito, le leyó los ojos a la esposa del gobernador: Le dijo que se ganarían la lotería y que se irían a vivir a Miami a final de año; pero, que cuidado con los cocos y el sol. La esposa del gobernador se fue satisfecha, saboreando el olor a calle de un país extranjero, imaginando las noches de cócteles y fiestas en la playa y coñac y cenas y gente extranjera caminando por las calles de aquél país y todo aquello. Elena, la veía salir de su cubículo, caminando por el pasillo del mercadito. La veía pasar por la tiendita de flores, mientras decía, susurrando, al ritmo de los pasos de aquella mujer: Que-le-plin-ca-ta-plás-qui-ti-plás-con-gó. Y listo, Elena cambiaba el número de lotería ganador que llevaba en el bolsillo aquella señora(1). Tarareando una melodía, mientras limpiaba con un trapito la mesa de madera de su minúsculo cubículo; burlándose, haciéndole muecas con el culo,se despedía de la embaucada mujer.

Al salir, ella cierra su tiendita y murmura una oración, mientras hace gestos con las manos para proteger -en igual orden de importancia- su altar; sus ramas; unas figuritas con muchos colores; muchos trapos; la mesa con tres sillas y un compás con escuadras(2). Ella cierra y se va por el pasillo del mercado. Cruza, baja unas escaleras, camina otro poco y sale por una puerta escondida y mágica que hizo especialmente para ella, pues da a la calle de atrás y por ahí pasa el trolebús que la lleva hasta su casa.

Mañana temprano, Elena irá al río. Al fin va a hacer su ritual del agua clara. Esta noche se bañará con sales de mares muy raros. Prenderá inciensos. Se echará miel como si fuera crema para la piel, en todo su cuerpo. Ella saldrá a su azotea por última vez y bailará desnuda y cantará y hará unas ofrendas de flores con frutas y leerá las estrellas y se lavará con agua de rosas toda la miel de su cuerpo. Ella, hinchada en plenitud, esta noche soñará con todas las cosas que la apasionan y que la hacen ser una bruja(3).

Pasado mañana, Elena irá a su tiendita. La cerrará y se despedirá de toda la gente del mercadito. Les dejará lindos regalos. Se irá a vivir lejos, a la costa. Ella dice que un día, pronto, retornaré al mar de donde salen todas las cosas. Ya no leerá ni los ojos, ni las manos de la gente: se dedicará a la agricultura; sembrará cambur, cacao y yuca; le hará nidos a los pájaros y recolectará miel.
Así de hippie es Elena.

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(1). La esposa del gobernador nunca ganará ninguna lotería, pero igual irá a vivirse a Miami con su –en poco tiempo- millonario esposo; a tomar agua de coco y a cenar en restaurantes patrióticos para sentir un poquito de nostalgia y a beber coñac en bares extranjeros y a comprar en centros comerciales y a broncearse en cubículos solares, ahora hechos a prueba de terroristas y rayos ultravioleta. Dos cocos misteriosos les partirán el cráneo al exgobernador y a su esposa, mientras duermantomando el sol, bajo una palmera, en una tal Palmbeach, dos meses luego de haberse mudado a Miami.

(2). A veces, Elena le lee el futuro a parejas. En otras ocasiones, la gente indecisa va acompañada para, tú sabes, por si las moscas, entonces ahí la otra silla. En cuanto al compás y las escuadras: Elena, en su tiempo libre, es una arquitecta entusiasta.

(3). Elena prefiere autodenominarse como alguien que habla con el viento. Los brujos, dice ella, son como esas personas que sólo saben cocinar lo que estánleyendo en una receta.

lunes, 17 de febrero de 2014

Historia Suelta (Marta)

Desde hace mucho tiempo que Marta va al mismo parque. Don Eligio, el de la bodega de la esquina, dice que ya tiene veinte años viéndola pasar por la misma calle, el mismo día, todos los meses de todos estos años. La calle termina en  un portal, una entrada vieja que lleva a un parque que alguna vez fue bello y frondoso, en la época en que aquella mujer era una chica, casi una niña; pero, ahora el parque es un despojo de lo que fue: quedó abandonado por el tiempo y los gobiernos pasajeros. Un alcalde decidió gastar el presupuesto en construir un gimnasio cubierto, justo al lado del parque abandonado para el cual el dinero había sido enviado: para su restauración. “Los tiempos cambian”. Aún así, hoy Marta está yendo al parque, como siempre, entrando por detrás, a hacer quien sabe qué, allá, en esa inmundicia llena de monte, culebra e indigentes adictos al crack y a los niños perdidos.

Ella atraviesa el portal lleno de basura que se esconde al final de la calle. Son las cuatro de la tarde. Ella camina por donde puede. Atraviesa un trayecto asqueroso, siempre pisando barro y mierda. La luz del sol se cuela agradable, iluminando el condenado camino y a sus moscas, brillando desde la maleza que lo aprisiona en ese desastre, ahora como otra dimensión, otro lugar abandonado por dios y el diablo, en donde la única ley que rige es la descomposición. Marta va como que tranquila, como que venía preparada con botas de caucho y un fusil imaginario. Ella va como que “Vale, esto lo hago siempre. Doce días al año”.

Lleva algo en las manos. Es algo envuelto en un trapo blanco curtido. Algo que carga con mucho cuidado entre sus manos, contra su pecho de mujer de treinta y dos. Llega, esquivando ramas venenosas, a lo que hubiese sido un caney en medio de un jardín hermoso, tal vez con lirios, rosales, gente en bicicleta, cosas lindas; pero, ahora hecho una ruina proterva, todo lleno de carbón, maleza y huesos de animales, es más parecido a esa inmundicia llena de monte, culebra e indigentes adictos al crack y a los niños perdidos, que dice Don Eligio que es este parque.

Ella se sienta sobre un despojo de vigas de hierro oxidadas y piedra rota. Destapa ese algo que lleva envuelto en el trapo curtido. El olor en ese lugar es insoportable. Las moscas parecen querérsela comer, toda, sin esperar a que muera. Marta las aparta con un soplo, mientras destapa algo importante: un pequeño radio, viejo y remendado; gastado y marcado por todos los años de uso. Saca la antena y la hala, haciéndola larga y plateada; torcida, un poquito por aquí, otro tantito por allá: “Todos estos años”, dice Marta, sonriendo y poniendo cara de loca, tratando de encender el aparato, mientras dirige la antena a un punto específico del cielo, sintonizando una frecuencia en el canal.


“Aló”, dice Marta, gritándole a la bocina de la radio. “Hola”, suena en el altavoz, con un poco de distorsión eléctrica. “¡Ah! Jejé ¿Cómo estás?”, responde Marta, emocionada y satisfecha. Suena lejano. Tarda un poco en llegar la respuesta: “Bien, con mucho calor acá. ¿Allá? Cuéntame, ¿cómo te quedó la mermelada de rosas que estabas haciendo aquella vez? Cómo te extraño”. Hablaron por largo rato. Tenían que esperar dos minutos para escucharse las respuestas el uno del otro. Se hizo de noche, y todo. Los grillos sonaron, y todo. Marta estaba feliz. Era su padre, hablándole desde otro tiempo y otro espacio. Otra  realidad lejana y misteriosa. Quién sabe desde dónde. Es irrelevante: Marta es feliz y es una niña, no vale mosca, ni mierda, ni indigente-come-niños que se cruce. Lleva veinte años en esto.

lunes, 20 de enero de 2014

Historia Suelta (Clara y Humberto)


Van como siempre, los dos, en el carro: él maneja y juega a que sabe manejar, con ese gesto varonil y tonto de querer pensar en cosas importantes. Ella, mira con desgano las luces de la calle a través del vidrio sucio del parabrisas mientras fuma un cigarrillo, dejando salir en cada calada un halo de humo por su nariz; como entre despreocupada, y tensa. Ambos, con la típica pose-casi-ritual de la única-cosa-segura de todos los días: salir en la noche a dar vueltas, por ahí.

Ellos, al igual que ninguno, no saben que van a morir. A esta hora, La avenida principal es un sitio tranquilo y seguro, como para dar un paseo nocturno agradable. Como para olvidarse de la vida insípida que llevan, a cambio de unas ráfagas de viento que se cuelan por las ventanas: una medio abierta; otra, medio cerrada. Semáforo en amarillo. No importa.

Ella, terminando la última calada, le pregunta: ¿Vos, sos feliz?, yo no. Él, la mira. La avenida es ancha y se extiende al horizonte, las luces les iluminan el rostro, y como en un sueño, suena música en un tono capital: Yo, responde, tampoco lo soy; y menos contigo. Entonces, ambos se mueren. Sus cuerpos caen como dos colillas de cigarro revolcándose en el asfalto vaporoso. La sangre es la ceniza viva que se desprende, que lanza sus últimos gritos en el ardor de sus tizones, mientras la brisa la extingue, dejándola en el olvido. Una caja trae dentro 20 cigarrillos. Un paquete, 10 cajas.

De regreso, ni Clara, ni Humberto, hablan. Esa noche duermen como todas las noches: uno siempre al lado del otro, como si ninguno existiera. Parecen dormir como fetos angustiados, esperando salir de un vientre que nunca los pare.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Historia Suelta (Rodolfo)


Rodolfo es un borracho: siempre está feliz y buena gente cuando bebe. De resto, es un malhumorado de mierda que pretende demandar a su familia por daños y prejuicios, y a veces les grita, atormentado con su resaca, "ojalá se mueran".

Hoy es un día especial: Rodolfo irá al bar de putas de don Ernesto. Esta noche Carmen le hará un show de niñerita bondage. “Mi mamá me amarraba cuando niño ¡Así, así! Me portaba muy mal ¡Muy mal!” le decía Rodolfo a Carmen, mientras ella lo azotaba con una tabla, casi con cariño, pisándolo como a un gusano con sus tacones de plataforma mientras calaba un porro entre sus guantes de cuero negro, midiendo el tiempo que le faltaba para atender a su próximo cliente: un viejo gordo y feo; hediondo a alcohol e impotente, muy parecido a Rodolfo.