martes, 8 de abril de 2014

Historia Suelta (Martín)

UNO

Martín es un esquizofrénico, sufre de un trastorno de personalidades múltiples: hoy puede ser Ricardo (Un burguesito pelirrojo que le gusta jugar fútbol); como al despertarse pasado mañana, ser Pablo (El introspectivo pervertido violador de gallinas); o Amado (un apacible y cálido señor, gordito, abuelo de 5 niños); Mario (El muchachito entusiasmado que siempre anda en una bicicleta vendiendo huevos criollos, por el vecindario); rara vez, Ramona (Teórica matemática, jubilada y hostil, que grita maldiciones a todo el mundo); y el ya casi extinto, Antonio (Un sordomudo autista que le gusta pintar océanos con los dedos).

Ángela, la despampanante trigueña, novia de Ricardo, hija de los dueños de la TV satelital REDSATE, quiere que el pobre deje de sufrir y que sea siempre como ella lo conoce. Hoy lo llevará a un hospital especializado en trastornos psiquiátricos. Ricardo, que ama a su Ángela, asistirá, pensando que van a vacunarse contra los embarazos no deseados.

Al llegar, la doctora Beatriz los recibe y los lleva hasta una sala grande y acolchada. Les dice “Siéntense, por favor”, y ellos se sientan en un mueble cómodo, dispuesto para que la gente descanse. “Ya regreso. Espérenme acá. Pónganse cómodos”. Ambos se toman de la mano y se dan gestos de amor. La doctora sale y va hasta el depósito de vacunas contra los trastornos de personalidades múltiples. Busca uno particular, que al parecer, se acabó. La doctora Beatriz llama a Francisco, el encargado de los depósitos del arsenal psiquiátrico, y le dice “Francisquito, necesito que vayas a la oficina central de la avenida Los Encuentros y busques una caja de Zwzetran®, que se acabó y tengo un paciente acá en espera. Apresúrate, mi vida”.

La oficina central de la avenida queda al lado de una heladería. Al salir de regreso, listo con el encargo en una mano y las llaves de la moto del hospital en la otra, Francisco se consigue a Amado, que iba caminando por la acera con tres de sus cinco nietos: Sebastian, Daniel y Malenita. “¡Sr. Amado!” saluda francisco, y el sr. Amado le responde “¡Francisco! ¿Cómo estás muchachón?; pero mírate nada más: todo un hombre” y le da un gran abrazo. Hablan poco tiempo: se preguntan mutuamente sobre sus familias y los conocidos. Al despedirse, Francisco estaba tan emocionado por el encuentro que por poco no ve al muchachito en la bicicleta que cruzó como una flecha endemoniada; que casi le parte un cartón de huevos en la cara, y que le gritaba, desvergonzado “¡Fijaaate pendejo, que voooy!”. Francisco, recogiendo el paquete de  Zwzetran® que se le había caído de la sorpresa, miraba estupefacto al muchachito grosero. El sr. Amado, que le compraba helados a sus nietos,  nunca vio nada de aquello.

En el hospital, dentro de la sala grande y acolchada, el teléfono de Ángela comienza a sonar. Suelta dulcemente la mano de Ricardo y se aleja hacia la ventana, para contestar la llamada: “Dime. Sí. Acá estamos. No. Ajá. Claro, me imagino. Descansa”. “¿Quién era, mi amor?”, le pregunta Ricardo. “Ah, era Leticia, que tenía unas dudas sobre los colores que quería para las flores del jardín”. ¡Claro que no era ninguna Leticia preguntando nada sobre flores!, sino Ramona, la tía solterona de Ángela, amargada e intrometida, como siempre. Recién enterada de la noticia de que iban a curar a Ricardo de su trastorno, llamaba a Ángela para decirle lo patéticos que le parecían ella y su novio, y que no iba a querer jamás a esos futuros sobrinos estúpidos, hijos de ese retrasado.

Al entrar, la doctora Beatriz los consigue dándose un beso en los labios.  Amena, les muestra las ampollas de Zwzetran® agitándolas en el aire, listas para suministrarse por vía medular, en la columna vertebral de Ricardo. Al fondo, en uno de los pasillos del hospital especializado en trastornos psiquiátricos, un interno vestido de azul pinta un cuadro marino con los dedos, mientras mira por la ventana el sol de la tarde. Ricardo, Ángela y la doctora Beatriz salen del salón, dirigiéndose al quirófano. Antonio y Ricardo se miran tácitamente. Uno le muestra los dedos llenos de pintura, con una sonrisota de felicidad en la cara. El otro, lo mira con condescendencia y casi con lástima, sin mucho afán, deseando tener jamás algún parentesco con alguien así en su vida, mientras camina por el pasillo, de la mano de su futura esposa, listo para vacunarse contra los embarazos no deseados. “¡A follar!”.

DOS

Han pasado 2 años. Ángela y Ricardo tienen una foto familiar donde salen con tres hermosos hijos: Ana, la morochita de año y ½ con ojos miel y cabellos dorados que sostiene un globo azul, de helio; Ádan, el morochito con Ana, de rizos de bronce y ojos grises, que se muerde la mano izquierda, mientras sonríe; y Fabio, un bebé de 11 meses, un querubín sonriente y tranquilo, con su chupa, sentado en los brazos de su madre insólitamente preñada, de mirada cansada y feliz, al lado de su marido que sonríe, con el pelo más canoso que rojo, abrazándolos, con fondo marino, en un mes de febrero, con portarretrato de plata italiana, en repisa de sala burguesa. Mientras tanto, en la misa de domingo que organizó la esposa de Ricardo, el padre Pío a duras penas rezongaba los nombres de los fallecidos, a los cuales esta misa les dedicaba. Antonia, la madre de Ángela, lloraba desconsolada en brazos de Tomás -su esposo-, al escuchar: la tía Ramona fue la primera en la lista. A la que siguió el sr. Amado, en vida respetable ciudadano y abuelo de 5 nietos, ambos fallecidos hace dos años, de un paro cardíaco, casualmente el mismo día que curaron a Ricardo. Y así, así, hasta que nombraron a un tal Mario Pérez, pero nadie recordaba el nombre del muchachito de la bicicleta que vendía huevos criollos por ahí, y nadie lo lloraba tampoco, porque su única abuela, la que limpiaba en la casa de la doctora Beatriz, se murió hace dos meses y hasta su nombre salió en la lista protocolar de los fallecidos cristianos, en esa misa dominical de una mañana de Abril; y a ella nadie tampoco la lloró. Al finalizar, todos dijeron amén y se fueron amenamente a comer a un restaurante de mariscos,  porque era semana santa.

Hace un año fue que consiguieron el cadáver de Pablo, disecado en un rancho de bahareque, todo podrido, lleno de maleza y gallinas moribundas (varias de ellas eran ya puro esqueleto), en un caserío de las afueras. Aún se desconocen las causas y fecha exacta de su muerte. La gente de la zona sigue viéndolo como un criminal sádico y “que bueno que se murió el muy enfermo”. Antonio, ahora está en la facultad de medicina: es un modelo de anatomía en un salón, está sin piel y tiene ojos de vidrio. Ricardo ni se enteró de nada, ni los extrañó a ninguno porque para él ninguno existía. Se curó. Vivió sin pena ni gloria su vida burguesa.

Y bueno pues, ya Martín no existe. Cosa que apenas uno se da cuenta.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Historia Suelta (Elena)

Elena es una bruja: ella lee los ojos y las manos; y de vez en cuando, estafa a cierta gente.

Una vez, en su cubículo del mercadito, le leyó los ojos a la esposa del gobernador: Le dijo que se ganarían la lotería y que se irían a vivir a Miami a final de año; pero, que cuidado con los cocos y el sol. La esposa del gobernador se fue satisfecha, saboreando el olor a calle de un país extranjero, imaginando las noches de cócteles y fiestas en la playa y coñac y cenas y gente extranjera caminando por las calles de aquél país y todo aquello. Elena, la veía salir de su cubículo, caminando por el pasillo del mercadito. La veía pasar por la tiendita de flores, mientras decía, susurrando, al ritmo de los pasos de aquella mujer: Que-le-plin-ca-ta-plás-qui-ti-plás-con-gó. Y listo, Elena cambiaba el número de lotería ganador que llevaba en el bolsillo aquella señora(1). Tarareando una melodía, mientras limpiaba con un trapito la mesa de madera de su minúsculo cubículo; burlándose, haciéndole muecas con el culo,se despedía de la embaucada mujer.

Al salir, ella cierra su tiendita y murmura una oración, mientras hace gestos con las manos para proteger -en igual orden de importancia- su altar; sus ramas; unas figuritas con muchos colores; muchos trapos; la mesa con tres sillas y un compás con escuadras(2). Ella cierra y se va por el pasillo del mercado. Cruza, baja unas escaleras, camina otro poco y sale por una puerta escondida y mágica que hizo especialmente para ella, pues da a la calle de atrás y por ahí pasa el trolebús que la lleva hasta su casa.

Mañana temprano, Elena irá al río. Al fin va a hacer su ritual del agua clara. Esta noche se bañará con sales de mares muy raros. Prenderá inciensos. Se echará miel como si fuera crema para la piel, en todo su cuerpo. Ella saldrá a su azotea por última vez y bailará desnuda y cantará y hará unas ofrendas de flores con frutas y leerá las estrellas y se lavará con agua de rosas toda la miel de su cuerpo. Ella, hinchada en plenitud, esta noche soñará con todas las cosas que la apasionan y que la hacen ser una bruja(3).

Pasado mañana, Elena irá a su tiendita. La cerrará y se despedirá de toda la gente del mercadito. Les dejará lindos regalos. Se irá a vivir lejos, a la costa. Ella dice que un día, pronto, retornaré al mar de donde salen todas las cosas. Ya no leerá ni los ojos, ni las manos de la gente: se dedicará a la agricultura; sembrará cambur, cacao y yuca; le hará nidos a los pájaros y recolectará miel.
Así de hippie es Elena.

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(1). La esposa del gobernador nunca ganará ninguna lotería, pero igual irá a vivirse a Miami con su –en poco tiempo- millonario esposo; a tomar agua de coco y a cenar en restaurantes patrióticos para sentir un poquito de nostalgia y a beber coñac en bares extranjeros y a comprar en centros comerciales y a broncearse en cubículos solares, ahora hechos a prueba de terroristas y rayos ultravioleta. Dos cocos misteriosos les partirán el cráneo al exgobernador y a su esposa, mientras duermantomando el sol, bajo una palmera, en una tal Palmbeach, dos meses luego de haberse mudado a Miami.

(2). A veces, Elena le lee el futuro a parejas. En otras ocasiones, la gente indecisa va acompañada para, tú sabes, por si las moscas, entonces ahí la otra silla. En cuanto al compás y las escuadras: Elena, en su tiempo libre, es una arquitecta entusiasta.

(3). Elena prefiere autodenominarse como alguien que habla con el viento. Los brujos, dice ella, son como esas personas que sólo saben cocinar lo que estánleyendo en una receta.

lunes, 17 de febrero de 2014

Historia Suelta (Marta)

Desde hace mucho tiempo que Marta va al mismo parque. Don Eligio, el de la bodega de la esquina, dice que ya tiene veinte años viéndola pasar por la misma calle, el mismo día, todos los meses de todos estos años. La calle termina en  un portal, una entrada vieja que lleva a un parque que alguna vez fue bello y frondoso, en la época en que aquella mujer era una chica, casi una niña; pero, ahora el parque es un despojo de lo que fue: quedó abandonado por el tiempo y los gobiernos pasajeros. Un alcalde decidió gastar el presupuesto en construir un gimnasio cubierto, justo al lado del parque abandonado para el cual el dinero había sido enviado: para su restauración. “Los tiempos cambian”. Aún así, hoy Marta está yendo al parque, como siempre, entrando por detrás, a hacer quien sabe qué, allá, en esa inmundicia llena de monte, culebra e indigentes adictos al crack y a los niños perdidos.

Ella atraviesa el portal lleno de basura que se esconde al final de la calle. Son las cuatro de la tarde. Ella camina por donde puede. Atraviesa un trayecto asqueroso, siempre pisando barro y mierda. La luz del sol se cuela agradable, iluminando el condenado camino y a sus moscas, brillando desde la maleza que lo aprisiona en ese desastre, ahora como otra dimensión, otro lugar abandonado por dios y el diablo, en donde la única ley que rige es la descomposición. Marta va como que tranquila, como que venía preparada con botas de caucho y un fusil imaginario. Ella va como que “Vale, esto lo hago siempre. Doce días al año”.

Lleva algo en las manos. Es algo envuelto en un trapo blanco curtido. Algo que carga con mucho cuidado entre sus manos, contra su pecho de mujer de treinta y dos. Llega, esquivando ramas venenosas, a lo que hubiese sido un caney en medio de un jardín hermoso, tal vez con lirios, rosales, gente en bicicleta, cosas lindas; pero, ahora hecho una ruina proterva, todo lleno de carbón, maleza y huesos de animales, es más parecido a esa inmundicia llena de monte, culebra e indigentes adictos al crack y a los niños perdidos, que dice Don Eligio que es este parque.

Ella se sienta sobre un despojo de vigas de hierro oxidadas y piedra rota. Destapa ese algo que lleva envuelto en el trapo curtido. El olor en ese lugar es insoportable. Las moscas parecen querérsela comer, toda, sin esperar a que muera. Marta las aparta con un soplo, mientras destapa algo importante: un pequeño radio, viejo y remendado; gastado y marcado por todos los años de uso. Saca la antena y la hala, haciéndola larga y plateada; torcida, un poquito por aquí, otro tantito por allá: “Todos estos años”, dice Marta, sonriendo y poniendo cara de loca, tratando de encender el aparato, mientras dirige la antena a un punto específico del cielo, sintonizando una frecuencia en el canal.


“Aló”, dice Marta, gritándole a la bocina de la radio. “Hola”, suena en el altavoz, con un poco de distorsión eléctrica. “¡Ah! Jejé ¿Cómo estás?”, responde Marta, emocionada y satisfecha. Suena lejano. Tarda un poco en llegar la respuesta: “Bien, con mucho calor acá. ¿Allá? Cuéntame, ¿cómo te quedó la mermelada de rosas que estabas haciendo aquella vez? Cómo te extraño”. Hablaron por largo rato. Tenían que esperar dos minutos para escucharse las respuestas el uno del otro. Se hizo de noche, y todo. Los grillos sonaron, y todo. Marta estaba feliz. Era su padre, hablándole desde otro tiempo y otro espacio. Otra  realidad lejana y misteriosa. Quién sabe desde dónde. Es irrelevante: Marta es feliz y es una niña, no vale mosca, ni mierda, ni indigente-come-niños que se cruce. Lleva veinte años en esto.

lunes, 20 de enero de 2014

Historia Suelta (Clara y Humberto)


Van como siempre, los dos, en el carro: él maneja y juega a que sabe manejar, con ese gesto varonil y tonto de querer pensar en cosas importantes. Ella, mira con desgano las luces de la calle a través del vidrio sucio del parabrisas mientras fuma un cigarrillo, dejando salir en cada calada un halo de humo por su nariz; como entre despreocupada, y tensa. Ambos, con la típica pose-casi-ritual de la única-cosa-segura de todos los días: salir en la noche a dar vueltas, por ahí.

Ellos, al igual que ninguno, no saben que van a morir. A esta hora, La avenida principal es un sitio tranquilo y seguro, como para dar un paseo nocturno agradable. Como para olvidarse de la vida insípida que llevan, a cambio de unas ráfagas de viento que se cuelan por las ventanas: una medio abierta; otra, medio cerrada. Semáforo en amarillo. No importa.

Ella, terminando la última calada, le pregunta: ¿Vos, sos feliz?, yo no. Él, la mira. La avenida es ancha y se extiende al horizonte, las luces les iluminan el rostro, y como en un sueño, suena música en un tono capital: Yo, responde, tampoco lo soy; y menos contigo. Entonces, ambos se mueren. Sus cuerpos caen como dos colillas de cigarro revolcándose en el asfalto vaporoso. La sangre es la ceniza viva que se desprende, que lanza sus últimos gritos en el ardor de sus tizones, mientras la brisa la extingue, dejándola en el olvido. Una caja trae dentro 20 cigarrillos. Un paquete, 10 cajas.

De regreso, ni Clara, ni Humberto, hablan. Esa noche duermen como todas las noches: uno siempre al lado del otro, como si ninguno existiera. Parecen dormir como fetos angustiados, esperando salir de un vientre que nunca los pare.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Historia Suelta (Rodolfo)


Rodolfo es un borracho: siempre está feliz y buena gente cuando bebe. De resto, es un malhumorado de mierda que pretende demandar a su familia por daños y prejuicios, y a veces les grita, atormentado con su resaca, "ojalá se mueran".

Hoy es un día especial: Rodolfo irá al bar de putas de don Ernesto. Esta noche Carmen le hará un show de niñerita bondage. “Mi mamá me amarraba cuando niño ¡Así, así! Me portaba muy mal ¡Muy mal!” le decía Rodolfo a Carmen, mientras ella lo azotaba con una tabla, casi con cariño, pisándolo como a un gusano con sus tacones de plataforma mientras calaba un porro entre sus guantes de cuero negro, midiendo el tiempo que le faltaba para atender a su próximo cliente: un viejo gordo y feo; hediondo a alcohol e impotente, muy parecido a Rodolfo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Historia Suelta (Marcos)


El sr. Marcos era muy impertinente. Un día, por andar contando lo que no debía, vinieron unos hombres y le quemaron la lengua. Ahora, cuando habla, uno no puede pasar por alto la pequeña marca: una equis que siempre pareciera estar en llamas: sale de su lengua y hace que el desafortunado tenga que escupir cenizas a cada rato, disculpándose, diciendo siempre la misma “verá usted, es que es un mal de familia”. Y ya los cayos en las manos del pobre sr. Marcos no le permiten taparse la boca cuando habla.

A veces, la candela que desprende su boca pareciera estar hecha de pájaros que despegan del suelo, o salmones luchando contra la corriente para desovar más arriba, más alto en el río.

Historia Suelta (Candelaria)


Candelaria siempre fue así: particular. Cuando niña jugaba en el río con sus amigos los rubios -les decía ella. No eran más que libélulas que siempre la sacaban a volar por ahí. Y cuando Candelaria toda emocionada, ennoblecida, contaba sus aventuras, ninguno le creía (para aquel entonces, nadie volaba con las libélulas). Ella era una niña muy particular.

De joven se la pasaba todo el día hablando con la gente. Siempre se interesó en escuchar; que le contaran sus historias. Pero, cuando ella contaba las suyas, la gente se reía, y pensaban que estaba loca. Nunca tuvo novio: puede que los chicos le tuvieran un poco de miedo, pues ella siempre les decía que “¡Cuidado! Tienes un bicho raro en tu espalda”, y lo decía en serio (de verdad que sí) pero para ese entonces nadie sabía que existían esos bichos y los chicos nunca la entendieron.

Ahora, Candelaria es conductora de un programa de entrevistas por televisión. La semana pasada su invitada especial era una domadora de leones que decía que “la única forma de que un león te entienda, es hablándole con las manos, porque (y esto todo el mundo lo sabe) los leones son sordos, por eso rugen; porque no se escuchan”. Candelaria asentía con la cabeza mientras, con esa fascinación de conductora de programa de entrevistas por televisión, mostraba una gran sonrisa a su entrevistada, y la gente, conmocionada, enaltecida, aplaudían como locos al final de su programa.