domingo, 1 de octubre de 2017

Historia suelta (Adán)

Este relato comienza con un hombre que está solo en una casa. No es muy grande la casa. El hombre, sentado en el comedor de la cocina, se toma una taza de café y ojea una revista arrugada de la National Geographic como quien ya la ha leído y no ve televisión: Los caballitos de mar se vuelven padres que hacen de vientre y cuna; el áifon once; África; en el 2072 el hombre no hablará más de otra cosa que hambre, cataclismos y la colonización de un planeta lejanísimo, muy parecido al nuestro, al otro lado de la galaxia. Ya ha pasado un rato releyendo entre las líneas de las fotos y se termina su café en una postura de señor con piernas cruzadas mientras que la ventana de la cocina, mostrando un cielo azul con un sol hinchado, se proyecta en un espejo que está frente a la mesa. Sus ojos agazapados en una esquina del rectángulo de vidrio, mirándose dentro del reflejo como si aquello fuese otra realidad y él, apenas en esa esquina inferior, representado por ese pedazo de cabeza que apenas se ve de los ojos para arriba, casi pura frente, se ha tomado un café y ha ojeado una revista sin que en ese mundo del espejo se pueda indicar más que una ventana con un cielo hermoso, dentro de una cocina donde alguien hace algo que no se ve, en una mañana tranquila. Se imaginó en un artículo de una revista: Descubren a un hombre que vive en un mundo dentro de un espejo en donde todo se lee al revés.

Este relato continúa con nuestro hombre arrancando la maleza del jardín. Podemos suponer que este es el jardín de la casa. Mientras lo hace, del suelo hace que broten nudos de raíces blancas y gorgas, que parecieran que si no las arranca en un mes invaden todo el jardín junto con sus hojas largas y sus tallos carnosos volviéndolo todo puro monte. Pensó que si los caballos fuesen agricultores, no sembrarían otra cosa ­–jamás había reflexionado sobre el vigor y la simpleza que pudiese representar tal pensamiento– y siguió arrancando la maleza hasta no dejar una visible. Cuando llevaba los restos al rincón del compost, dejó la tierra tras él como si respirara. Cientos de bichos ahora saltan, vuelan, se arrastran en el suelo; como un vapor casi invisible se desprende de todos esos terrones de tierra, piedras y hojas secas que rodean a las plantas con flores y todas las frutas bañándose de un sol temprano. Al regresar del rincón, mirando unos semilleros sobre una mesa de madera, se dispone a sembrar a un lado de la jardinera unos brotes que tenía preparados desde hace semanas. Las semanas. Unas semanas bastante extrañas, de verdad, recapacitó: La gente estaba desapareciendo. Sí, así es. Paulatinamente dejaba de ver a las personas que veía siempre por ahí. Apenas en estos días caía en cuenta de que Marta ya no estaba en su casa desde hace tiempo. Ni Inés. Tampoco había visto a Clara; y de Humberto desde hace semanas que no tiene respuesta. Pensó que de repente la ciudad estaba más solitaria que de costumbre; que no había casi nadie; que debería salir más de su casa. Pensaba en todo esto y sembraba los brotes dentro de huecos en la tierra recién preparada. Frente a él, un coquito que camina por una hoja de una planta del jardín se encuentra a otro coquito en la misma hoja. En un instante se aparean en frente del que tiene las manos llenas de tierra y musgo; del que hace un instante tomaba café antes de arrancar la maleza y que no pensaba en otra cosa que no fuera el sol reflejado en la pared. Es un buen día. Pronto hará almuerzo y verá una película en su computadora. Posiblemente luego tome un té y coma pan dulce.

Para que la idea no se pierda, nuestro relato puede terminar en tres párrafos, como acostumbra la gente común y de buen corazón. Con una imagen: nuestro hombre y una manguera que chorrea agua desmesuradamente, en una tarde soleada de un día perfecto y su mano que la esparce en el aire para que caiga en la grama que sembró hace poco en el frente de su casa, que da a una calle dentro de un suburbio en la ciudad. Casa con una cocina y un espejo que refleja realidades paralelas donde las cosas se leen al revés. La calle sola, casi más sola que un desierto si no fuera por el hombre con manos manchadas de tierra que riega la grama con una manguera azul. Un hombre angustiado, dándose cuenta de qué solo está. Apenas ahora se ilustra, cuando ya no queda nadie alrededor que lo ayude a pensar las cosas mejor. Se dijo a si mismo qué lindo hubiese sido despedirme de Alejandra. La angustia se le convierte en miedo cuando no escucha ni un pajarito en esa hora desmedida de esplendor cotidiano ¿Qué pasa? Nada pasa, es la única alma en el lugar y mira el suelo ¿En qué momento uno puede caer en cuenta de que últimamente ha vivido como si fuera apenas un reflejo de algo que no se da cuenta de lo que vive como persona ni de lo que pasa a su alrededor? Ni él mismo puede entenderse lo que se pregunta ¿Será que fue mala idea no ver televisión, ni comprar más comida la última vez que salí al mercado? ¿Cuándo fue la última vez que salí al mercado? Posiblemente también desaparezca en cualquier momento aquí, de pié. Como si de repente una manguera chorreante cayera al piso, haciendo un río en la acera. Nadie cerrará la llave del agua. Nadie estará allí para darse cuenta de que ya no está el que hace un momento estaba regando la grama y no le ha dado tiempo de cerrar el grifo antes de desaparecer. O no. Porque nadie desaparece en realidad; la gente aquí sólo se va. El hombre, con las manos goteando, cierra la llave de la manguera. Se queda parado fumando un cigarrillo, viendo la calle sola; compartiendo su silencio.
Y apenas ahora es que el jardín está agarrando esplendor.

miércoles, 18 de enero de 2017

Historia Suelta (Andrés)

Y cuando Andrés se despierta es la misma cosa: se sienta en el borde de la cama abriendo sus piernas para que sus bolas respiren, mientras estira la espalda y bosteza con la mirada perdida, como buscando un sueño que ya no está. Se levanta. Se cepilla los dientes. Se baña, casi siempre con agua fría. Después, se seca; se mira en el espejo; mientras escucha música, se viste. La luz del sol entra por la ventana haciendo sombras en la pared blanca, donde procura ponerse la ropa a la vez que agarra calor. Andrés baja las escaleras del edificio tarareando una canción. Sale a la calle y afuera hay gente bailando en la acera, como de costumbre en esta ciudad.

El trabajo de todos los días: contar hojas. Andrés es vegetometrista y su labor es parecido al del cristalometrista, pero en vez de contar piedras, cuenta las hojas, flores y los brotes de todas las plantas en la ciudad. Esta información es vaciada en una base de datos increíble que usa la gente curiosa. Y es que hay tanta curiosidad en el mundo que hasta las mentiras te las cuenta un reloj que además, cuenta todos los pasos que das en tu vida, así como también los chocolates que no te has comido aún o los bailes que haces mientras caminas por la calle, como la gente normal. Pero, bueno, eso ya lo sabes.

Lo que no sabes es lo que Andrés hace casi siempre cuando, después del trabajo, llega a su apartamento: él abre el techo y apaga las luces. Se prepara un té. Se acuesta en una colchoneta y prende el astrógrafo. Mira las estrellas. Y las estrellas hablan. Cada una está como echando cuentos sola en un monologo eterno consigo misma y ninguna parece dialogar con otra. Es espeluznante. Andrés es uno de los pocos que les gusta perder el tiempo escuchando a las estrellas. Y es que hay tantas estrellas que se pueden ver desde el mundo, que casi no se les entiende porque sus luces vienen desde distintos lugares, lo que hace más difícil comprenderlas. Además, todas hablan a la vez.

Con el tiempo, Andrés pudo darse cuenta de algo que no era tan evidente: cuando una estrella explota, lanza un grito descomunal y se convierte en nebulosa. Al pasar las eras, se forman nuevos soles y todos hablan entre sí. Realmente son conversaciones exquisitas ¿Para qué decir más? Lástima que no duran mucho. Poco a poco, mientras se van formando sus planetas, lunas, asteroides, hoyos negros, etcétera; mientras van alejándose unos de otros dentro de sus galaxias lejanas y misteriosas, el hábito del habla jamás desaparece, pero sí la habilidad de comunicación. Todos estos soles terminan siendo estrellas parlanchinas que no paran de echar los cuentos de lo solas que están.

Hay unos pocos soles silenciosos, pero de éstos, Andrés tiene poca pista. Se dice que en un futuro se podrán hacer mejores artefactos que nos permitan comprender las cosas que pasan en nuestro insólito universo.